Irán: el silencio ensordecedor de la guerra destruye milenios de historia
La sombra de la guerra se cierne sobre Irán, pero no solo sobre sus ciudades y sus gentes. Un informe escalofriante revela que más de cien sitios de patrimonio cultural, algunos datados en la antigüedad, han sufrido daños irreparables a causa de los recientes conflictos. No son solo ruinas; son fragmentos vivos de la historia de la humanidad, y están desapareciendo ante nuestros ojos.
El corazón de irán, herido a sangre y fuego
La devastación es particularmente palpable en Isfahan, la joya persa. La emblemática Plaza Naqsh-e Jahan, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, ha recibido golpes directos. El Ali Qapu Palace, un testimonio del esplendor de la dinastía safávida, ha perdido sus delicadas pinturas murales y sus mosaicos de espejo, símbolos del arte persa, reducidos a escombros. Incluso la Gran Mezquita, con su icónico revestimiento de azulejos azules, ha sucumbido a la furia de los ataques, perdiendo parte de su brillo milenario.
Pero la tragedia no se limita a Isfahan. En Teherán, el Palacio Golestán, con su célebre Sala de los Espejos, ha sufrido pérdidas significativas. El antiguo Fuerte Falak-ol-Aflak, construido sobre cimientos sasánidas, y numerosos museos han quedado marcados por la violencia. La cifra es abrumadora: 60 incidentes en Teherán, 20 en Isfahan, y una lista interminable de ciudades como Sanandaj, Kermanshah, Qom y Khansar afectadas. En total, 48 museos y seis distritos de patrimonio cultural se encuentran en estado de deterioro.

Un legado conectado a través del tiempo
Lo que se pierde no son solo edificios, sino capas entrelazadas de historia. El Palacio Golestán alberga el Muraqqa-e-Gulshan, un manuscrito iniciado bajo el reinado de Jahangir en la India Mughal y enriquecido a lo largo de los siglos por diferentes dinastías persas. Sus páginas, adornadas con caligrafía exquisita y dibujos de maestros como Daulat y Govardhan, son un testimonio de la convergencia cultural entre Persia y la India. Chehel Sotoun, palacio que aún conserva la memoria del encuentro entre Tahmasp I y Humayun, ahora muestra grietas en sus intrincados muqarnas dorados. El bazar de Isfahan, escenario de levantamientos y de la vida cotidiana durante siglos, también lleva las cicatrices de la guerra.
Pero hay un detalle aún más inquietante: la destrucción se extiende a regiones remotas como Lorestan, Bushehr y Azerbaiyán, donde yacen vestigios de la presencia neandertal, herramientas de hace 63.000 años, y los albores de la agricultura en la fértil Mesopotamia. ¿Es posible que la guerra no solo ataque el presente, sino que intente borrar la memoria misma de la humanidad?

¿Un ataque a la identidad de irán?
Las autoridades iraníes denuncian estos ataques como violaciones de la Convención de La Haya de 1954, que protege el patrimonio cultural en tiempos de guerra. Han solicitado medidas urgentes a la UNESCO, ICOM, ICOMOS y otras organizaciones internacionales, pero la respuesta, según muchos observadores, ha sido demasiado tibia. La historiadora Naghmeh Sohrabi lo resume con contundencia:
